Ese sentimiento
puede ser una alegría, como cuando alguien llega después de una larga
ausencia y en un silencioso abrazo nos sentimos profundamente cerca el
uno del otro. También puede ser una tristeza que compartimos, en
medio de la cual nos permitimos acercarnos sin defensas y ofrecernos
mutuamente apoyo y sanación.
Desafortunadamente con frecuencia reemplazamos las oportunidades de
intimidad con rituales o juegos. Me explico: Un ritual
en este caso es una forma de actuación más bien automática, sin mucho
sentido, salvo la rutina. Como cuando llegamos al sitio de trabajo
y de manera mecánica decimos "hola" o "buenos
días".
También sucede cuando nos tomamos un café en compañía de alguien
mientras hablamos acerca del clima o de las noticias; aquí no se
ventilan temas personales ni se hace nada para profundizar en la
amistad.
Lo bueno de los rituales es que al menos le hacen mantenimiento a las
relaciones. Pero si nuestras interacciones se vuelven todas
rituales, como en un matrimonio que ya perdió sentido y hasta los
encuentros sexuales se han tornado rígidos, nos vamos aislando y
experimentando una gran soledad y vacío.
Por otro lado, los juegos representan una proporción
enorme de nuestros encuentros con los demás. Jugamos a saberlo
todo, a tener siempre la razón, a ser niños para no asumir lo que nos
toca y no hacernos cargo. Jugamos a ser importantes y muy
ocupados, jugamos a "machos" o a fuertes, jugamos a ser rudos
o a ser muy frágiles y en fin, como diría Eric Berne, jugamos todo el
tiempo en busca de amor y reconocimiento.
Pero los juegos nos meten en una trampa: Generalmente nos llevan al
conflicto y a una fuerte sensación de separación. Pocas veces
conseguimos el apoyo y el amor que originalmente buscábamos. El
juego de "Que te pasa? -- No me pasa nada" puede llevar a las
personas a situaciones muy molestas. Si hubiese una respuesta de
"Creo que lo que me sucede es esto..." se podría abordar el
sentimiento con honestidad y lidiar con él.
Ahora, salta a la vista que es mucho más nutritivo para el alma
favorecer situaciones de intimidad. Ella nos hace
sentir valiosos y seguros, pues fortalece la experiencia de confianza
que en nuestros primeros años de vida sembraron mamá y papá o sus
reemplazos. Ellos nos ayudaron con sus caricias, abrazos y
palabras a sentir que el mundo era un sitio seguro y amable.
Cuando saludamos a alguien mirándole a los ojos y
deseándole con sinceridad los buenos días, hemos matizado de intimidad
un saludo.
Volvamos a la empatía. Veamos sus raíces. La palabra
empatía viene de dos vocablos: Em que significa dentro y patía
que viene de pathos que significa pasión, sentimiento, o
dolor. Lo que quiere decir, es que cuando somos empáticos, somos
capaces de ponernos dentro del otro, experimentar el sentimiento (sea de
alegría o dolor) de las otras personas. No se debe confundir
empatía con simpatía. Hay personas que son muy simpáticas (lo
cual las hace inicialmente atractivas) pero pueden carecer de tacto para
lidiar con momentos o situaciones emocionales. Tal como el médico
que es muy simpático en su relación con los demás compañeros y se
torna distante cuando debe comunicar un diagnóstico o una noticia dura
a su paciente o a los familiares. Puede disfrazar su falta de
empatía argumentando una actitud "objetiva y profesional".
En las interacciones humanas hay dos
componentes: Los hechos y los sentimientos que nos
evocan los hechos.
La persona empática es sensible a los
sentimientos que despierta en el otro, sin perder de vista
los hechos o la realidad objetiva. Por ejemplo, si decimos algo
que molestó a alguien que amamos, bastaría un
"Lo siento. De verdad no quise herirte o incomodarte".
Aunque tengamos la razón. Pero si nos atrincheramos en la
posición de "No entiendo porqué te molesta". " No
seas tan sensible. No lo hice a propósito", nos habremos
perdido la oportunidad de acercamiento y mutuo apoyo. Con
empatía sabremos en que momento hemos incomodado a alguien y mejor
aún, podremos preverlo y evitarlo. La empatía es el sendero de
llegada a la intimidad. Propicia el respeto y favorece el perdón.
La persona poco empática centra su atención
en los hechos y allí se afirma. Ignora o se resiste a
ver que tocó un punto sensible y peor aún, falla en reconocer su
responsabilidad en haber causado la incomodidad. Esto genera una
dinámica de conflicto que hace que ambas
personas se sientan poco valoradas, solas y aisladas. De hecho, el
verdugo se siente víctima. "No se porqué se molestó.
Yo solo dije la verdad!". Cuando falta la empatía, se
prepara el terreno para los juegos: "Me hizo, me
dijo, me hirió, debería ser capaz de soportar la verdad, qué tonto o
frágil es" etc.
La ausencia de empatía lleva gradualmente a las personas a elegir
rituales y juegos en lugar de buscar y nutrir la intimidad. Para
alcanzar la intimidad hay que llegar vulnerables y dispuestos. Por
esto una reacción agresiva y poco empática en momentos en los cuales
se ha compartido intimidad, coge a las personas en momentos de gran
sensibilidad y vulnerabilidad, causando dolor y resentimiento, dejando
fácilmente actitudes de prevención para el futuro.
Esto solo trae dolor a las relaciones, no importa si se trata de la
relación de pareja, con los hijos, con los compañeros de
trabajo. Se trata de reconocer que cada uno tiene su corazoncito y
su sensibilidad.
En la práctica clínica por ejemplo, es de vital importancia
desarrollar actitudes empáticas con los pacientes, con sus familiares y
con los compañeros de trabajo. La falta de empatía impone una
carga de estrés adicional a los grupos en general.
Vivimos en una sociedad que cada vez pone mayor énfasis en la
franqueza, en la comunicación asertiva y en la honestidad mal
entendidas. En nombre del amor nos decimos cosas de manera
imprudente e insensible. La verdad es que podemos y debemos ser
francos y honestos, agregando el componente fundamental de la
empatía como auténtica expresión de amor. Como dijo alguna vez
Khalil Gibran, "Si tienes que ser franco,
procura serlo de manera sensible y encantadora".
Dr. Luis Gaviria Vélez
Medicina del Estrés
Clínica Las Américas
Medellín, Colombia
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